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Caballo sin nombre

 

Subes, bajas del avión. Recorres el pasillo hasta migración.

-Pasaporte.

-No; no traigo nada por declarar. Dos semanas. Una residencia artística. Sí, si traigo invitación, permítame. 

La bienvenida de un nuevo país es su olor; un olor distinto. No desconocido pero si distinto. Sin embargo hace un par de años perdiste tu sentido del olfato; Un ciclista te arrolló en Reforma y en el azotón del cráneo contra la banqueta, algo se colapsó en ese fino sistema de fibras, vellos y nervios. Así que no puedes percibir ese olor distinto. No desconocido pero sí distinto. Y lástima: el profundo gris del cielo, el raro color de los taxis, los letreros en francés y ese modelo de Honda que no venden en México, no bastan para hacerte sentir en otro país. Para el caso podrías estar en una estación del Metro de la línea verde nunca antes visitada. Zapata o algo así.

Después de varios intentos logras conectarte a la red del aeropuerto. Inmediatamente, como campanadas de misa de las doce, suenan varios pitidos del celular.

-Voy saliendo de casa

-En camino pero algo de tráfico.

-Ya a diez minutos.

-Te recojo frente a la puerta 6.

-Ya estoy afuera.

-¿Dónde estás?

Al abrirse la puerta automática número seis, te recibe una ráfaga de viento helado. No, no es el Metro Zapata. Un carro negro parpadea a la espera. Al acercarte, la cajuela se abre automáticamente. Sientes que el coche es el primero en darte la bienvenida. Las fauces de un cocodrilo exclaman ¨welcome" y tragan tu maleta.

-Hola, hola. Disculpa que no salga; estoy resfriada. ¡Caray! cuando no te veía ni contestabas, pensé que te habían detenido en la aduana. ¿Qué tal tu vuelo? ¿Dormiste? Vamos por un café, a que dejes tus cosas en el Airbnb y pasamos al taller un rato porque Claude solo trabaja medio día, ¿vale?

Autopistas. Viaductos. Circuitos. Poco a poco los caminos adelgazan. Tres carriles, dos, uno. Banquetas, árboles, semáforos. Ladrillos rojos, muchos ladrillos rojos y hojas amarillas, árboles pelones y un sin fin de hojas amarillas. 

-¿Te gusta la comida vietnamita? Uf hay cola, vamos mejor al coreano de enfrente. ¿Qué dice la telenovela del agua en México? Una de las cosas que más amo de Canadá es que abres la llave y tomas agua. Un agua transparente, sin olor a cloro. Deliciosa

Han pasado dos semanas. Has trabajado a gusto en el taller. Desde el primer día se te otorgó una llave, lo que te permite llegar temprano y salir tarde. Al entrar pones el código de la alarma para que no arranque y a partir lo vuelves a teclear para que se instale. (En ambos casos es 2011). A partir de las cinco eres el único, así que pones tu música y le subes al volumen. El Personal, El Gran Silencio. Nick Cave, Patti Smith, Chavela, P.J. Harvey y lo último de Arvo Part.

Viniendo de trabajar en el taller de los Cabrera en la Ciudad de México, esto parece una sala quirúrgica. Además traen un rollo ecológico y se prohíben los solventes.

-Se limpia con aceite vegetal.

-¿En que tienda de arte lo consigo?

-Nombre, Boris, aceite vegetal de la cocina, el más barato.

Funciona.

Al recibir la invitación a la residencia Gráfica en Montreal te hallabas en una crisis creativa. Estabas seco. La gráfica siempre ha salido al paro en dichas situaciones. No tienes encima el gran peso de la tela blanca, de la Obra maestra. Trabajas sobre una placa y está, al pasar por el tórculo, es la que crea la pieza. La creación se desprende de tí y esto la deja fluir. 

Has traído contigo postales y fotografías de familia para integrarlas a los monotipos. Cada imagen da el tono y el ritmo de la pieza. El Greco como peregrinación a Toledo. Caspar Friederich en Miami. Otras, las que parten de monumentos históricos, devienen en monumentos lúdicos, románticos. Inspiran sonrisa en vez de miedo y respeto. La pirámide de las langostas. Atenas. Dostoyevski frente al pelotón.

Grupo aparte son llas fotos de familia. Pretenden transformar lo individual en universal. Batallan en el lodazal de la materia y en su mayoría se ahogan en ella. Un par logran despegar.

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